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Los niños… igual de maravillosos en todos los sitios

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Los niños, esos chavalines que tienen cuatro, siete o doce años son igual de maravillosos en todas partes y da lo mismo donde estés que actuarán de la misma forma, de la mis manera.

Todos son clavaditos, como los que conocí en Dubai, cuando  junto con el fotógrafo Antonio Amboade presentamos la exposición En tu línea para los siete Emiratos Árabes; con los que hablé en Monterrey (México); los galleguiños que veo todos los días o los que conocí recientemente en Palencia, para los cuales la Diputación Provincial y el Ayuntamiento es un ejemplo a seguir por las innumerables y atractivas actividades que organizan para ellos.

Te presentan uno, y como tenga cinco o seis años se quedará impresionado cuando alguien le diga que eres escritor, porque para ellos como que las letras aparecen así porque sí en los libros. Y es normal, ellos abren uno, y allí están letras, las palabras,  ¡¡ cómo no van a estar !!. Qué va a haber ¿chipirones, gambas, quizás pimientos del piquillo?; pues no, letras.

Y si hablas con uno de cuatro años y le preguntas si antes de nacer ya sabía caminar… mirándote con sus ojillos que están como en otro mundo, y bajando la cabeza, te dirá que sí; vamos que el pequeñajo salía todas los días del vientre materno y se pegaban unas maratones del copón. Y lo mismo corría que nadaba o que ya saltaba con pértiga o hacia surf. Ellos dicen «sí», «no», «papá», «mamá»… para qué quieren saber más….

Y si son ya mayorcitos, de ocho o nueve, te mirarán en plan «a ver este tío de qué va» y, cuando les das confianza, lo mismo te cuentan un chiste, te invitan a jugar (porque te consideran su colega) o desean que te vayas porque eres un plasta.

Los niños tienen eso: una sinceridad abrumadora, una naturalidad y espontaneidad envidiable y si se empatan contigo se empatan, y si no… que venga otro «pero no como este»; bueno, «pero no como este» no suelen decir, más bien dicen «¡¡ Ja !!», que es más claro y hasta lo entienden en el sureste africano.

Yo os lo juro que a algunos de mi edad los metía nada más nacer en una incubadora tamaño XXXL y que no salieran de allí en toda su vida: todo  son dramas. Que si esto, que si lo otro, que si aquello… y ya no hablemos del tema de la salud… que me duele aquí, que si la cervicales, que si el brazo, que si la espalda… de verdad que a veces te encuentras con alguno que te da ganas de decirle que lo invitas a un poleo y ponerle polonio 128 es poco. Unas ganas de que desaparezca o hacerlo desaparecer… que bonita es la magia ¿verdad?

Tratar con niños es lo mejor que uno puede hacer; aprendes, te ríes, te llenan de alegría, disfrutas de su sano surrealismo y ves en ellos, en sus ojos, la ilusión, el futuro. Por eso, todo, absolutamente todo lo que hagamos por ellos siempre será poco. Siempre pero siempre, un fuerte abrazo colegas.

…………….

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Yo a los milagros, les tengo un pánico…

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Yo más que miedo, a los milagros o apariciones les tengo pánico, pero mucho; aunque es cierto que solo por la noche. Por el día… entre que estás con gente, charlas con unos y con otros, te fumas un cigarrillo o te tomas una caña, pues como que no te das cuenta y se te pasa el día, pero por la noche…

Es que esto de los milagros… como no tienen protocolo… además, si hubiera un lugar concreto donde sucedieran, por ejemplo la zona de Antequera, Huecas o Talavera de la Reina, pues con tal de no ir por allí… solucionado, pero como pueden ocurrir en cualquier lugar… es una tensión en la que vivo…

Yo desde las doce de la noche hasta las nueve de la mañana, que estás más o menos solo, estoy taquicárdico. Tengo un miedo de que así, de repente, entre un resplandor en la habitación, que la ilumine más que la potencia de mil focos de un Airbus y que de repente oigas como una voz de ultratumba… «Levantateeee Guisandeeee, túúúúú has sidoooo el elegidoooo».

Claro, yo oigo eso y, aparte del acojone, diría: «Yo, elegido; elegido para qué, de verdad que tengo que ser yo-yo-yo…». Y la voz… «sí, túúúúúú, Guisandeeee, túúúúú vas a guiar a todo el mundo por la senda de la paz y el amor». Y oyes eso e insistes «yooooo, pero como voy a guiar yo a siete mil millones de pavos si hace solo tres días, solo tres, me han quitado tres puntos del carné de conducir precisamente por eso, por guiar mal…».

Y entonces pues empiezas con las rebajas. «Pero si no sé idiomas». Y la voz… «no hará faltaaaa, con tu miradaaaa te seguirááánnnnnn» Y entonces alegas que tienes una dioptría, que has perdido las gafas, que te cansas, que ya no estás para esos trotes, «y que en cambio, el vecino de abajo…» Y la puta voz…. «no te cansaráááásss, ni pasarááásssss fríooooo ni hambreeeee… eres el elegidoooo ¡¡¡ El elegidooooooooo !!!».

Entonces te sale así por lo bajinis un «joderrrrrr» y añades, «y tengo que ir con esas chanclas…. es que yo eso de meter el dedo gordo en esa rayita es un dolorrrrrr… y con lo mal asfaltada que está España…». Y continúas: «tengo un amigo que hace runnig y otro Ironman, que esos, si los viera».

Y ya cuando ves que la condenada voz tiene contestación para todo…, porque incluso le has dicho que sin comer mejillones no eres nadie y hasta para eso tiene respuesta… pues nada, que bajas ya de la cama aunque sean las dos de la mañana, te colocas las sandalias esas y a patear por esos mundos de dios y (eso ya depende cada uno) para mí la gran preocupación: «¡¡¡ ostrasss !!! ¡¡¡ no hablamos nada de la siesta !!!».

Y entre que la voz no te contesta, y mira que le gritas, que el personal te mira como si hubieras enloquecido, otra duda, por si ya tenías pocas: «A que este se ha confundido y en vez de decir elegido quiso decir El Ejido y no soy yo».

…………..
Mi último libro “¿Cómo somos los gallegos?, depende” Premio Fernando Arenas Quintela  de Literatura y Ensayo 2017

Lo puedes adquirir en: Arenas, Couceiro, Avir, Lume, Cascanueces, Inoa y Sisarga (A Coruña); Biblos (Betanzos); Follas Novas, Ler y Gallaecia (Santiago); Trama y La Voz de la Verdad (Lugo); Central librera (Ferrol); Librouro (Vigo), Cronopios y Metáfora (Pontevedra); Porta da Vila (Viveiro).

FOTO SOLO PORTADA GALLEGOS

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La anécdota del correo electrónico

Envelope Shows E-mail Online To Communicate Information

Esto de las anécdotas… pues unas parecen que son inventadas, pero otras son reales como la vida misma, y algunas, cuando te pasan y las cuentas, comprendo que sean difíciles de creer y hasta yo mismo pienso si las soñé; pero no, las viví, y que si las viví… No las olvido.

Esta, que titulo, la anécdota del correo electrónico, me sucedió con un colega de profesión que también se dedica al diseño de libros. Hay que explicar que para nosotros los de Prensa, (no los de la Radio y Televisión, que hacen programas a las siete de la mañana con una voz clara de huevo que es flipante) eso de levantarnos pronto no nos va, y es que como la mayoría de las ruedas de Prensa son sobre las once o doce… pues con los años te acostumbras a un horario que, trasnochar… lo que quieras, pero madrugar… imposible.

El caso es que un día tenía que enviar por correo electrónico un trabajo  a una editorial. Ya de noche, al hacer un repaso de todos los documentos comprobé que me faltaba una página.

Dudaba si llamar o no a mi amigo, pero viendo que eran casi las dos de la mañana, pensé que lo mejor sería dormir, despertarme a las ocho, que me enviara la susodicha página y, luego, reenviar todo a la editorial.

Así que a las ocho, en cuanto sonó el despertador… miento, los tres despertadores que puse, inmediatamente cogí el teléfono, lo llamé, le pedí disculpas por la hora que era y le expliqué lo que había sucedido. Él, muy amablemente, dijo que «casi estaba despierto», me contestó que no me preocupara y que me la enviaba en cinco minutos.

Entonces me pidió mi correo electrónico. Eso de pedirme el correo electrónico me extrañó y mucho porque no solo lo tenía desde hacia años, sino que, además, los días anteriores nos habíamos enviado cientos de ellos, pero aún así se lo di y comencé: «manuel.guisande…».

Yo notaba que lo iba escribiendo porque murmuraba: «ma-nu-el, pun-to, gui-san-de…» y continué: «@yahoo… ». Y en esas estaba yo, ya con el «@yahoo», cuando se hace un silencio y me pregunta: «Oye, ¿@ qué es, con B o con un V?». Ni que decir tiene que lo llamé sobre las 12. ¿ @  con B o con un V? Bo.

…………..

Mi último libro “¿Cómo somos los gallegos?, depende” Premio Fernando Arenas Quintela  de Literatura y Ensayo 2017

Lo puedes adquirir en: Arenas, Couceiro, Avir, Lume, Cascanueces, Inoa y Sisarga (A Coruña); Biblos (Betanzos); Follas Novas, Ler y Gallaecia (Santiago); Trama y La Voz de la Verdad (Lugo); Central librera (Ferrol); Librouro (Vigo), Cronopios y Metáfora (Pontevedra); Porta da Vila (Viveiro).

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Los másters, el gran negocio de unos cuantos

Quizás sea un poco raro, pero a mí realmente me extraña mucho que un país, al que el día de Fin de Año le tienen que poner en la televisión los numeritos con las doce campanadas porque es incapaz de diferenciarlas de los famosos cuartos, ahora resulte que es imprescindible que nuestros hijos estudien un máster.

Es como si España no se hubiera desarrollado desde décadas sin esos «estudios especiales» y no contásemos con especialistas suficientemente preparados en todos los campos que cualquiera pueda imaginar, bien sea la medicina, la ciencia o la tecnología.

Pues por lo visto es necesario un máster tanto o igual como los zapatos o vestirse; y cierto es que está más cerca de esto (de los zapatos y de vestirse) como un bien de consumo al igual que el Iphone 4.700, que otra cosa.

A mí lo que me da es que tras ellos se esconde un auténtico chollo, un negocio para unos pocos y que al hacerlos «imprescindibles» las familias se las ven y se las desean para poder pagarlos y, en muchos casos, que haya quien no pueda realizarlos y así discriminar una vez más (que es como funciona el sistema) a la sociedad: ricos y pobres.

Y es que además, tener un máster no te asegura estar más capacitado que otro (ya que solo se trata de conocimientos) y estos se pueden adquirir en el trabajo diario; pero claro, así, en con un empleo, en vez de pagar se cobra y eso no es plan para unos cuantos. Lo que sí es cierto, y en esto estamos todos de acuerdo, es que los máster dan más créditos, sí, pero al banco. Sinceramente, de mamoneos y estos singulares robos, cada día estoy más harto.

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Cosas que ocurren entre mexicanos

benz

Hace unos días, Aqui, en Monterrey (México) a unos doscientos metros de donde duermo hubo una balacera. Eso de la balacera, leído así, suena a baile, como a una danza melosa, incluso empalagosa de una pareja que se da arrumacos a los sones de una orquesta. Pues no.

Una balacera es una ensalada de tiros a diestro y siniestro, un «a que yo más», un, en plan local, «la chingaste». Unos que desenfundan, otros que hacen lo mismo y, ¡hala!, un bacalao de disparos y que dios reparta suerte.

Pues ni así me desperté, solo al día siguiente, al leer el diario Milenio, me enteré de ello; vamos, que ni se comentó el asunto, como si fuera lo más normal.

Si me llego a despertar no sé muy bien qué haría, sin contar el número de heridos, recoger fiambres no puedo porque no tengo fuerzas, pero sí hacerme con alguno de los casquillos como recuerdo. Incluso a lo mejor, en un arrebato, ir al lugar y hablar con los delincuentes en plan «pero hombre, que no son horas, que no son horas…».

Pero estoy seguro de que si hablara con ellos me dirían «oye güey, que si son horas manito, que son ocho de currele, llevamos seis y aún nos quedan dos na más… y duerma tranquilo compadre, que esto es entre nosotros…».

Y claro, si tú oyes eso de «esto es entre nosotros», te da como un no sé qué haber interrumpido la refriega, una falta de cortesía y… pues oye, que los animas, que solo en la calzada hay cuatro millones de casquillos y que por los cálculos que has hecho, otros tres millones bien entran, y que nada, que disculpen y que sigan a lo suyo y eso, que perdonen por infringir la ley de Protección de Datos, que yo no digo nada.

Y creo que en el fondo tendrían razón, porque aquí en Monterrrey parece que todo está muy ordenado con dos turnos de trabajo: el de mañana, en el que están los que viven; y el de la noche, que están los a ver quien vive. Y eso, como que te da tranquilidad ¿no?. Pues no.

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Europa y Latinoamérica deben de enfrentarse a Trump

En la vida muchas veces hay que tomar decisiones,  gusten o no, pero siempre con la dignidad por delante porque quien no actúa así, con nobleza, no merece ni el menor respeto y consideración.  Se convierte en un simple títere, en una marioneta, en un hombre de plástico de los muchos que hay en esta sociedad  en la que parece que todo es un dejar pasar sin tomar medidas, no sé si por miedo o por incapacidad.

Los demócratas españoles tienen una deuda histórica con México ya que durante la Guerra Civil, muchos mexicanos llegaron a España y dejaron su vida luchando al lado del bando republicano frente al golpe de estado del general Franco.

Asentada la dictadura, miles de compatriotas se exiliaron y encontraron en México un lugar seguro donde poder vivir y donde, en muchos, casos, tuvieron que quedarse para siempre sin poder regresar a su casa.

Ahora que México se encuentra en una situación extremadamente delicada por las sucesivas actuaciones demenciales de Donald Trump es el momento de hablar claro, de que se escuche la voz de España, ponerse al lado de México y crear un frente común con todas las naciones hispanoamericanos para decirle al actual presidente de Estados Unidos que «así, no», que como tal y como actúa tendrá frente a él no solo a Latinoamérica sino también a toda Europa.

Callarse, no decir nada y permanecer en silencio en esta situación (que solo es un instante en la Historia de la Humanidad), no solo es ser un desagradecido con los mexicanos, sino que es ser también un país pelele y actuar igual que el matón de Trump.  Trump pasará, pero lo que no se olvidará será la cobardía de un país desagradecido, y yo no quiero que ese sea el mío.

………….

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Cuando eso de vender se lleva en la sangre

vendedor

Yo no he visto cosa igual que los vendedores, pero los auténticos, los que eso de empaquetarte algo lo llevan en la sangre; de verdad que son unos cracs. Hace unos días, aquí en el mercado del pueblo, en plena calle, fui a hacer unas gestiones y pasé por un puesto de quesos, que a mí como si era de anchoas, y de repente oigo una voz:«¡¡¡Oiga, usted!!!!!».

Me giro, y con un queso en la mano me encuentro a un tipo que me dice: «¡¡¡¡que están a 5 euroooooos!!!». A mí como si estuvieran a uno o en el Ibex 35, y como me quedé mirándolo, responde el fulano: «¡¡¡¡venga, que se lo dejo en 4…!!!!».

Ya me dirás a mí, que aún notaba el sabor del café cortado que acababa de tomar, qué me importaba el queso, pues ni que me hipnotizara, oye, me acerco… y ya solo a medio metro ya tenía el queso en la bolsa, ya me lo estaba dando con la mano derecha y con la izquierda extendida para recibir los 4 euracos.

Hombre, uno suele estar lelo por temporadas y reaccionar unas tres o cuatro veces al año, y como me pilló en el subidón del café le dije: «no, gracias; luego paso», como le pude decir «es que salgo pa Japón». 

Pues ya me había olvidado del asunto queseril, cuando regreso de las gestiones (bueno, si tenéis curiosidad la gestión era ir a por una bombilla, tema apasionante) y oigo una voz: «¡¡¡Usted!!!! ¡¡¡que están aquí los quesos!!!».

«¡¡¡Dios santo!!! otra vez el marrón ese de los quesos», pensé mientras encendía un cigarrillo y me acercaba. Y fue llegar, y coge el tío y me dice «¡¡hala!!, tome estos dos que son 7 euros, que ya no me queda nada, que me voy».

Vamos a ver, yo en otra situación le diría:  «no, gracias, s i a mí el queso…», pero el tío ese… entre que sonreía en todo momento, entre que tenía una labia alucinante y que te ponía la bolsa en la mano… pues anestesiado estaba.

Así, que atontado le digo: «bueno, vale, 7 euros», y cuando le doy un billete de 10 dice: «no tendrá 7 justos, es que…» y metiendo la mano en un bolsillo como si fuera un tahúr… «pues nada, que no tengo cambio, llévese este otro y arreglao, que se lo dejo todo en 10».

Ni tiempo me dio a decir ni que sí ni que no. De repente me vi con una bolsa con tres quesos y sin 10 euros caminando para casa, y mientras aún flipaba con lo que había sucedido, todo en menos de cinco minutos, me decía: «joé, menos mal que son quesos, que llegan a ser pisos, y estoy yo aquí con tres escrituras cuatro hipotecas y el cobrador del frac». Menudo crack el tío.

———————————————————————————–

Mi ultimo libro: Tonterías escritas en momentos de estupidez 

Lo podéis encargar en editorialmarazul@yahoo.com, (10 €),  o encontrar en las siguientes librerías gallegas por orden alfabético.

Librerías: A Coruña Arenas. 981 22 24 42 / Betanzos. Biblos. 981771 816 Ferrol Central librería. 981 35 09 56 / Lalín.  Alvarellos. 986 78 00 66 / Lugo, Biblos. 982 22 42 01 / Monforte de Lemos.  Agrasar.    982 40 45 42 / O Barco de Valdeorras. Librería Murciego. 988 32 17 57 / Ourense. Tanco. 988 232 331 / Pontevedra. Cronopios. 986 10 34 44 / Ribeira.  Mirás.  981 87 12 14 / Santiago. Follas Novas. 981 59 44 06 / Vigo. Librouro. 986 22 63 17 /  Vilagarcia de Arousa Librería Vidal. 986 50 61 77 / Viveiro.  Porta da Vila.  982 551 274 /

 

 

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Cuando eso de vender se lleva en la sangre

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Yo no he visto cosa igual que los vendedores, pero los auténticos, los que eso de empaquetarte algo lo llevan en la sangre; de verdad que son unos cracs. Hace unos días, aquí en el mercado del pueblo, en plena calle, fui a hacer unas gestiones y pasé por un puesto de quesos, que a mí como si era de anchoas, y de repente oigo una voz:«¡¡¡Oiga, usted!!!!!».

Me giro, y con un queso en la mano me encuentro a un tipo que me dice: «¡¡¡¡que están a 5 euroooooos!!!». A mí como si estuvieran a uno o en el Ibex 35, y como me quedé mirándolo, responde el fulano: «¡¡¡¡venga, que se lo dejo en 4…!!!!».

Ya me dirás a mí, que aún notaba el sabor del café cortado que acababa de tomar, qué me importaba el queso, pues ni que me hipnotizara, oye, me acerco… y ya solo a medio metro ya tenía el queso en la bolsa, ya me lo estaba dando con la mano derecha y con la izquierda extendida para recibir los 4 euracos.

Hombre, uno suele estar lelo por temporadas y reaccionar unas tres o cuatro veces al año, y como me pilló en el subidón del café le dije: «no, gracias; luego paso», como le pude decir «es que salgo pa Japón». 

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Vamos a ver, yo en otra situación le diría:  «no, gracias, s i a mí el queso…», pero el tío ese… entre que sonreía en todo momento, entre que tenía una labia alucinante y que te ponía la bolsa en la mano… pues anestesiado estaba.

Así, que atontado le digo: «bueno, vale, 7 euros», y cuando le doy un billete de 10 dice: «no tendrá 7 justos, es que…» y metiendo la mano en un bolsillo como si fuera un tahúr… «pues nada, que no tengo cambio, llévese este otro y arreglao, que se lo dejo todo en 10».

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Ayer logré otra hazaña, rozando ya la inmortalidad

 

Para comprar o descargar mi último libro “Relatos de absurdo contenido” pincha aquí

Portada (5)

 Yo comprendo que lo de Edison y la bombillita esa tiene su mérito, relativo, pero lo tiene, igual que Marconi y la Radio. No lo niego, pero estos chavales, sinceramente, no creo que lleguen a mi altura en lo que se refiere a proezas que marcan y marcarán la Historia Contemporánea y el devenir de los tiempos.

 Y es que, y no me duelen prendas, yo, Manuel Guisande, son ya cuatro las gestas conseguidas, a saber: pelar un huevo cocido con cuchillo y tenedor, que se requiere una destreza fuera de lo normal; superar a Felix Baumgartner, que se tiró desde una altura de 39.045 metros, lo que es incomparable con lo mío, que fue escribir artículo sin respirar, sin oxígeno y sin sherpas, para lo que precisé varios años de agotador entrenamiento; y, por último, en vez de arrancar la lechuga, la cebolla y el tomate de la huerta para llevar a la mesa… ir con el vinagre, el aceite y la sal a la zona verde y tomar allí in situ una ensalada. Impresionante estas hombradas se miren por donde se miren.

 ¿Y cuál ha sido mi última hazaña? Ocurrió ayer, justo ayer a las nueve y cinco minutos (GMT) ni uno más ni uno menos. A esa hora, después de una buena ducha me dispuse a afeitarme. Así que cogí la espuma, me la eché en la cara, y con la maquinilla empecé a rasurarme.

 Fue solamente bajar el artilugio manual por un lado y sentí un placer, pero de tal magnitud que resultaba difícil de asimilar. Entonces limpié parte del vaho del espejo y comprobé que seguía teniendo pelillos en el rostro e inmediatamente miré la maquinilla y… en efecto, me había olvidado de quitar la funda de la cuchilla.

 Hasta aquí normal, digamos que fue un despiste; por lo que retiré el plastiquillo y me afeité como siempre. Y aquí amigos míos, viene lo que marca un antes y un después de la Humanidad y que lo pueden hacer también las mujeres porque creo que en situaciones límite se afeitan las piernas.

 Tras estar perfectamente rasurado pensé: Si con barba de tres días en la cara disfrute tanto ¿cómo será la sensación perfectamente trasquilado? Así que entonces cogí otra vez la espuma, me la eché en la cara, puse el protector al aparato cortante y… es que me emociono y perdonad si hay alguna falta hortografia en el testo, fue algo indescriptible.

 Bajé el aparatillo  por la piel a toda velocidad, desde la mejilla izquierda a la derecha pasando por la barbilla y haciendo un giro hacia arriba (como el logo de nike) y fue el éxtasis total. ¡Qué gustazoooo!.

 Entonces, ya más tranquilo, pensé en los hombres que realmente han hecho historia y qué relación podría haber entre ellos y solamente encontré dos: Cristóbal Colón y Manuel Guisande porque a ambos nos une algo que es como una señal del más allá, un designio de Dios.

 Cristobalín descubrió América en 1492; yo esta epopeya la hice ayer, en el 2016 ¿Y hay algo en común? ¡Vamos que si lo hay! Mirad: el 2016, el 2 significa eso, que somos 2, Colón y yo; y el 16, del año 2016, está más que claro, si sumas los dígitos de la fecha del descubrimiento, 1492, te da 16. Increíble. Colón, yo, y nadie más. Es que lo sabía.

…………….

  Para comprar o descargar mi último libro  “Relatos de absurdo contenido” pincha aquí
Portada (5)

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Cuando un libro puede leerse online

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 Ya tenemos la segunda edición de Relatos de absurdo contenido,  que se puede adquirir en papel  (9,99 €) o descargarlo por 7,99 (pincha aquí) . Ya sabes que por eso de «libro comprado, escritor alimentado», pues si lo compras. Gracias

Os dejo con un relato para animaros 😉

El comandante

No sabía muy bien por qué, pero siempre quiso ser piloto de aviación. Desde pequeño le atraía la aeronáutica y en su casa aún guardaba toda una colección de aviones de juguete que iban desde los primeros que empezaron a surcar los cielos hasta los más modernos.

 Un problema en la vista le había impedido realizar los cursos de formación; sin embargo, él, con casi 50 años, se sentía comandante, aunque a nadie se lo decía para que no lo tomaran por loco. Desgraciadamente, sabía que en la sociedad en que vivía, contar las ilusiones, aunque fueran inalcanzables, era sinónimo de incomprensión, y por eso solía permanecer callado, como si no estuviera en este mundo, ausente; pero él, a su manera, hacía realidad su sueño.

 Cuando llegaba a casa, se sentaba tranquilamente en una silla, sobre una mesa colocaba varios avioncitos a la altura de los ojos y con una potente lupa escrutaba hasta los más mínimos detalles: las formas de las hélices, de las alas, los timones, las cabinas, los mandos, los trenes de aterrizaje, las ruedas… eran reproducciones tan fieles, tan auténticas, tan extremadamente exactas que en ocasiones pensaba que, si pudiera volverse muy pequeñito, se introduciría en ellos y volaría. Eran pensamientos que iban y venían; luego retornaba a la realidad, a lo que era su trabajo: técnico en mantenimiento de ascensores.

 Su quehacer diario nada tenía que ver con las aeronaves, pero cuando arreglaba una avería, imaginaba que los cables y chips del cuadro eléctrico del elevador eran las entrañas del motor de un Boeing o de un Airbus. Incluso a veces, cuando tenía que probar si el aparato funcionaba correctamente y accionaba alguna clavija para ponerlo en marcha, el sonido que producía era un sonoro y seco clic que identificaba con las comprobaciones del instrumental de vuelo para iniciar el despegue.

 A su modo era feliz y, para seguir sintiendo esa pasión que tenía por volar, había alquilado un piso cerca de una gasolinera. No solo era por el olor a combustible, que le hacía creer que estaba en una pista de un aeropuerto a la espera de llenar los tanques de queroseno, sino también para acercarse al surtidor y, al ver como repostaba un coche, los números que marcaban los litros… 5, 20, 37, 50, 60… para él eran los pies que marcaba el altímetro y le indicaba cómo iba el ascenso.

 En ocasiones, cuando en la estación de servicio se detenía un camión de gran tonelaje, lo que no sucedía habitualmente, bajaba inmediatamente de casa y disfrutaba viendo cómo llegaba a una altura de 300 y 400 metros que él multiplicaba por veinte. Entonces, de forma inconsciente, levantaba la cabeza, se ajustaba la corbata y miraba el cielo azulado sintiendo lo que era volar. Además, para darle un mayor realismo, para sentirse un auténtico comandante, solía llevar trocitos de algodón en los bolsillos, creaba diversas formas y figuras, las dejaba caer al suelo y, según descendían suavemente, las observaba al igual que si fueran nubes mientras su aeronave cortaba el firmamento.

 Nadie conocía su secreto, pero mientras pilotaba irradiaba felicidad al escuchar el ruido de los motores de los automóviles que pasaban frente a la gasolinera y que para él eran los de su avión. Se sentía libre, con una paz infinita, y si por cualquier circunstancia no circulaban turismos y había un silencio absoluto, él, convencido de que había algún problema en el rotor, imaginariamente consultaba los datos del vuelo: altitud, velocidad, inclinación, temperatura… y en voz baja, sin que nadie lo oyera, informaba a la tripulación y al pasaje de lo que estaba sucediendo en tanto se ponía en contacto con la torre de control más próxima.

 Nunca, pero nunca, había tenido un incidente y todos sus vuelos eran un ejemplo de suavidad tanto en el despegue como en el aterrizaje, y a veces hasta soñaba que daba charlas y conferencias sobre la profesión de comandante, la responsabilidad que suponía que de él dependieran cientos de vidas y cómo actuar en caso de una situación de emergencia.

 Si tenía tiempo solía cambiar de gasolinera, iba a otras de la ciudad y de esta forma creía que se trataba de un vuelo transcontinental y que estaba en otro aeropuerto para hacer una escala técnica. Cuando esto sucedía, nada más llegar a la estación de servicio, con paso firme y decidido iba directamente a los lavabos y saludaba a los empleados, que para él era el personal de tierra. Hasta en más de una ocasión preguntaba si cambiaría el tiempo, para así estar al tanto de las posibles alteraciones meteorológicas y adoptar las medidas que consideraba oportunas para una mayor seguridad.

 Muchas tardes las pasaba así, planificando viajes, rutas, pensando en alternativas ante posible eventualidades, memorizando los diversos protocolos y estudiando los nuevos avances de la navegación aérea. Por la noche, cuando se acostaba, tenía en su mesilla unos veinte relojes de diferentes tamaños dispuestos en arco frente a sus ojos. Cada uno de ellos marcaba distintas horas y, al apagar la luz, las manecillas fluorescentes resplandecían y creía que se trataba de un vuelo nocturno con todo el instrumental encendido al alcance de la vista. Había adquirido tal destreza y maña que, tumbado en cama y con una sola mano, era capaz de mover las agujas para modificar las características del vuelo.

 Normalmente, tras una media hora tocando las manecillas se quedaba profundamente dormido hasta que la luz del día entraba por la ventana y la claridad le despertaba. Entonces miraba instintivamente los controles, se frotaba los ojos, bostezaba, se desperezaba, hacía que se ajustaba la corbata y para sí mismo confirmaba lo que siempre había pensado: los pilotos automáticos casi nunca fallan, pero el factor humano es imprescindible y para eso, él estaba allí.

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