El abrazo del oso

Putin abraza al excanciller alemán Schröder a su llegada al hotel de San Petersburgo donde el alemán celebraba su fiesta de cumpleaños, el 28 de abril 2014. EFE

El presidente ruso Vladimir Putin (c izda) abraza al excanciller alemán Gerhard Schröder (c dcha) a su llegada al hotel de San Petersburgo donde el alemán celebraba su fiesta de cumpleaños, el 28 de abril del 2014. Agencia EFE

 

El 6 de junio próximo se conmemora el 70 aniversario del desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Para los actos, está anunciada la presencia del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y para entonces Alemania y no Francia, la anfitriona de la efeméride y el “más antiguo aliado” como les gusta llamarla a los estadounidenses, es quien tiene que haber dado un paso relevante en el conflicto entre Rusia y Ucrania.

Es Berlín, y no su aliada europea ni el gigante todo protector, quien ha de lidiar en los próximos días con Moscú por el asunto de la retención de los observadores militares de la OSCE en Slovyansk, cuatro de ellos alemanes, en medio de las dudas que genera no solo la actuación descoordinada y poco firme de Europa en la toma de decisiones contra Putin, sino por la imagen y polifonía que Alemania en particular, tremendamente dependiente del suministro energético ruso, está ofreciendo a lo largo del conflicto.

Esta semana, la imagen del excanciller alemán, Gerhard Schröder, dando un abrazo a Putin, ha dado la puntilla. La foto se produjo en una fiesta en San Petersburgo organizada por la filial de la empresa rusa Gazprom –ahora Schröder trabaja como alto directivo en una empresa alemano-rusa que opera un gasoducto entre ambos países—que ha dado la vuelta al mundo y de la que la actual canciller alemana, Angela Merkel, se ha desmarcado. A pesar del gesto tan significativo, Obama y sus socios occidentales son conscientes del factor determinante que están jugando los intereses energéticos en esta crisis. Pero no solo Alemania da una de cal y otra de arena en el conflicto. En el resto de Europa, cada país juega con la baza de sus propios intereses: Reino Unido y el sector bancario; Francia y sus acuerdos de cooperación en la industria de Defensa; España y los demás países del Mediterráneo por los ingresos del turismo de lujo…

La diplomacia europea vuelve a estar en una encrucijada. Las últimas contradicciones se han vivido esta semana con las nuevas sanciones contra las compañías rusas y particulares afectos al régimen. Al tiempo, aparte de gestos como el envío de militares –de manera más bien testimonial—a los aliados del Este de Europa por parte de la OTAN, los estados miembros siguen sin establecer criterios claros de actuación ante las continuas llamadas a la colaboración por parte de Estados Unidos, que insiste en el aumento de las partidas presupuestarias en el gasto de Defensa. El último, esta semana, ha sido el secretario de Estado de EEUU, John Kerry: “Nuestro modelo de liderazgo mundial está en juego”.

Sin embargo, lejos de medidas concretas en cualquiera de estas áreas (económica, comercial, militar…) lo que debería quedar clara es la línea infranqueable. Una línea roja consensuada, innegociable e indivisible en sus respuestas por parte de Estados Unidos, Europa y sus aliados. Porque la marcada por Obama en Siria, sin ir más lejos, le dejó ya una vez en evidencia; las siguientes en Asia, desde donde llega de una gira clave en el Pacífico, o la que nos ocupa en Ucrania o una tercera con Rusia, sobre todo, puede resultar, aparte de peligrosa, decisiva en el actual equilibrio geopolítico mundial.

 

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Rafael Romero es periodista, jefe de sección de Diario CÓRDOBA. Facebook-https://www.facebook.com/Defensacordobaweb Twitter- @DefensaCORDOBA