Espía que algo queda

Un turista fotografía la embajada de Estados Unidos en Berlín (Alemania) hoy, lunes 28 de octubre de 2013. efe

Un turista fotografía la embajada de Estados Unidos en Berlín (Alemania) hoy, lunes 28 de octubre de 2013.
Agencia EFE

 

Los servicios secretos son tan imprescindibles para los estados como obvio su cometido: espiar.

 

espiar1.

(De espía1).

1. tr. Acechar, observar disimuladamente a alguien o algo.

2. tr. Intentar conseguir informaciones secretas sobre un país o una empresa.

 

Del diccionario de la Real Academia Española (DRAE)

 

Sorprende el revuelo que se ha montado tras conocerse hace una semana los supuestos pinchazos telefónicos del móvil de la canciller alemana, Angela Merkel, por parte de los servicios secretos estadounidenses. Y más aún las declaraciones de los protagonistas.

Que a estas alturas de la película, con lo que ha llovido entre la Vieja Europa y Estados Unidos: una Guerra Fría hace tres días, sin ir más lejos, aparte de desencuentros estratégicos, geopolíticos y económicos actuales, haya aún quien se rasgue las vestiduras por estas prácticas entre estados, aliados o no, es que no conoce las reglas del juego ni el tablero que lo sustenta.

No solo Alemania, también Francia y España, se han visto salpicados en los últimos días por las noticias que implican a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense –que lo niega todo y apunta al contrario como es lógico— en el espionaje no solo a millones de ciudadanos sino también a líderes mundiales. Y ahí está el quid de la cuestión. Porque esa es la verdadera línea roja traspasada.

Lo que la verdad esconde es el recelo –y la (in)competencia– entre unos y otros por la previsible distancia entre Estados Unidos y sus socios en el manejo de las nuevas tecnologías de la información. Un dominio que, de confirmarse las sospechas por el asunto de los líderes políticos, deja al desnudo la otra cara del tablero: el contraespionaje y los métodos para impedir que esto suceda, que quedan seriamente en entredicho.

“Todos los países tienen sus servicios secretos, pero la primera regla de oro es que los servicios secretos deben ser secretos”, ha dicho hoy mismo el titular de Defensa español, Pedro Morenés, al respecto. Y es que, aunque pueda resultar algo contradictorio –criticar y justificar al mismo tiempo–, tiene razón en que estas prácticas no dejan de ser habituales (y aceptadas en mayor o menor escala, según las posibilidades de cada cual, pero “en secreto”) pero muy dañinas de cara a la opinión pública si trascienden al ruedo mediático. Segunda clave del asunto: la publicidad.

Es de imaginar que las filtraciones no cogen por sorpresa a unas agencias confeccionadas ad hoc y con sus propias reglas de moral, sino que afectan más bien a las relaciones personales entre políticos que han visto quebrada la confianza mutua. En definitiva, a quienes siempre molesta ser expuestos en público con sus limitaciones al descubierto. ¿O es que acaso los aliados son eternos?

 

Más información:

–Enlace de WikiLeaks de los puntos de espionaje activos de los servicios secretos de EEUU

–Las filtraciones de la NSA, entre lo transatlántico y lo doméstico (Real Instituto Elcano)

 

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Sobre la-aspillera

Rafael Romero es periodista, jefe de sección de Diario CÓRDOBA. Facebook-https://www.facebook.com/Defensacordobaweb Twitter- @DefensaCORDOBA