El opio del pueblo afgano

Un soldado español, de patrulla cerca de Ludina.
FOTO: David Castro

 

Habrá que acostumbrarse a convivir con los ataques casi diarios a las tropas españolas en su repliegue de Afganistán. Anteayer fue una mina (IED) al paso de un convoy en Badghis, hoy el lanzamiento de una granada al norte de Qala i Naw, mañana… tal vez un infiltrado en Herat.

La amenaza más visible en ZO es la insurgencia. Y si complicado es llegar a entender la compleja variedad de redes y grupos en el Afganistán postalibán, más aún es dar con las causas que los mueven, pues son tan distintas como las subredes que operan sobre el terreno y sus motivaciones (tráfico de opio, control territorial, étnicas, religiosas, influencia de Pakistán-India, modelo de Estado…).

El principal grupo de la insurgencia es el talibán, que opera y encuentra apoyo desde Pakistán con una estructura de estado paralela y cuyo objetivo es instaurar un emirato islámico fundamentalista, con la sharia como fuente principal de Derecho.

Luego están los grupos con motivaciones territoriales (árabes, uzbekos o chechenos). Desde los grupos Haqqani del sudeste del país, con fuertes ramificaciones en la vecina Pakistán, pasando por Hezb-e Islami Gulbuddin, en el nordeste, rival de los talibán y con vínculos con las mafias criminales, así como células organizadas dedicadas al tráfico de drogas, secuestros y otras actividades ilícitas por todo el país. Un complicado enjambre que hace muy difícil su control y la estabilidad en la zona.

Estos grupos, además de llevar a cabo acciones armadas y de hostigamiento contra las tropas internacionales y afganas, secuestran, intimidad y extorsionan a funcionarios y colaboradores locales con las tropas de la ISAF.

Aparte de las acciones armadas, el uso de infiltrados sigue siendo una de las principales estrategias de estos grupos, ya que afecta a la confianza entre las tropas extranjeras y las autoridades afganas. De hecho, la infiltración es cada vez más utilizada dado que la táctica de guerrillas también se ha mostrado inefectiva con el tiempo y ni que decir tiene una guerra convencional. Estas acciones, además, tienen un importante impacto en la moral de las tropas y en la opinión pública de sus países, de ahí que desde hace tiempo se planee la transferencia en el control del país a las tropas locales y el fin de la misión.

Dicha retirada otorgará el control del país al Ejército Nacional Afgano (ANA) y a la Policía Nacional Afgana (ANP), instituciones inexpertas aún donde la corruptela campa a sus anchas debido a los bajos sueldos y escasa tradición democrática, de ahí que haya serias dudas de su implicación (en algunos casos) en el control del negocio del opio.

Y es que uno de los principales elementos para conocer el conflicto en Afganistán está en su cultivo. Clave desde los años 80, ya que allí se cultiva casi el 90 por ciento del opio mundial.

Su relación no es baladí dado que en un entorno donde la agricultura es tan rudimentaria y no hay apenas agua ni sistemas de regadío, su cultivo tan resistente y almacenaje se ha convertido desde hace décadas en un valor refugio en manos de las mafias.

Por eso, además de combatir a los yihadistas en sus inicios –hay que recordar cómo llegó Estados Unidos y los aliados a Afganistán tras el 11-S–, la estrategia sobre el terreno ha consistido en erradicar su cultivo, control y distribución, así como dar seguridad, gobierno y alternativas a una población sin salida, recursos y expectativas, cuyo máximo porcentaje –se habla de casi el 80 por ciento—se dedica a dicha actividad, directa o indirectamente. Y obviamente, los beneficios son para quienes tratan de golpear, hostigar y expulsar de su país a las tropas internacionales.

 

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Rafael Romero es periodista, jefe de sección de Diario CÓRDOBA. Facebook-https://www.facebook.com/Defensacordobaweb Twitter- @DefensaCORDOBA