La alteración del carbono

La existencia indefinida que logra superar la muerte, o lo que es lo mismo, la inmortalidad, es la premisa de la que parte la serie Altered Carbon (Netflix), una historia contada en diez capítulos basada en la novela del mismo nombre de Richard K. Morgan.  Abunda la ciencia ficción en formato televisivo. Ahí están la nueva entrega de Expediente X, con los agentes Mulder y Scully como en sus mejores tiempos; la ya menos hiriente Black Mirror; Electric Dreams, inspirada en las novelas de Phillip K. Dick, o Counterpart, sobre universos paralelos, por poner algunos ejemplos.

kinammanLa humanidad ha llegado a un grado de desarrollo que permite mantener en un dispositivo la conciencia de una persona y se puede transferir de un cuerpo a otro, lo que en la práctica supone la inmortalidad. La muerte física ya no es el final de todo y el final definitivo solo se produce si se destruye ese dispositivo, llamado pila cortical. Esta cuestión ya se ha abordado en otras series, léase en el episodio Black musseum de la mencionada Black Mirror. Con el toque ciberpunk de Blade Runner, un guerrillero desencantado (Joel Kinnaman, The Killing, en la foto) es asesinado y 250 años más tarde su memoria es insertada en el cuerpo de un policía por la influencia de un millonario (James Purefoy, The Following). Este le propone que investigue su muerte y todo ello le conduce a una enorme conspiración.

Bien hasta ahí, el argumento es curioso, la fotografía es buena, pasables las interpretaciones, las escenas de acción son muchas y bien rodadas, pero… después de la original presentación de una sociedad avanzada tecnológicamente y socialmente injusta el guion flojea. Uno de los proyectos televisivos más prometedores de la temporada se viene abajo porque, entre otras cosas, tiene demasiadas subtramas y da la impresión de que no se sabe por dónde va a salir el desenlace, con un personaje (la hermana) que aparece a partir del séptimo episodio, que encarna todos los males y del que no se había tenido conocimiento previo no solo de sus tejemanejes sino de si seguía con vida. Tampoco ayuda a mantener la atención unos diálogos largos y plagados de tecnicismos y es prescindible dedicar un capítulo entero a las torturas virtuales.

Habrá quien puede ver en ella los desafíos éticos que plantea la eternidad, pero no nos engañemos porque burlar la muerte solo está al alcance de los ricos, a los que retrata como una clase corruptora y extravagante ajena a las condiciones en las que vive el resto; o sea, como ocurre ahora. Y habrá quien le moleste o le guste la exhibición de desnudos, que no se sabe muy bien a cuento de qué salpican todos los episodios. La mexicana Martha Higareda (Amar te duele), que interpreta a una policía, se ha descubierto como una especialista en este campo, aunque tampoco se queda corta Dichen Lachman (Los 100).

Quien espere algo sorprendente de esta alteración del carbono se quedará en los dos o tres primeros episodios, que vienen a darle la razón a Abraham Lincoln: “Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error”. El resto de la serie hubiera sido más entretenido si hubiera prescindido de clichés y acortado la duración. En definitiva, recomendable para seguidores del género; los más reticentes deberán esperar a otra serie para engancharse a la ciencia ficción.

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