Cazadores de mentes

En un país como Estados Unidos con un alto índice de criminalidad (tres asesinatos por cada 100.000 habitantes, aunque lejos de los 68 de Honduras), cualquier esfuerzo que se haga para reducir esa cifra es poco. Esta cuestión de la lucha contra el crimen la han abordado cientos de series televisivas americanas, pero Mindhunter (Netflix) se centra en el aspecto del estudio de la conducta de los asesinos. Alguien dirá que ese es el argumento de Mentes criminales, que ya va por su decimotercera temporada. Mindhunter no tiene esa acción de seguir y capturar al asesino; ya están en prisión o en el psiquiátrico. La trama nos sitúa en los años 70 para narrar la historia de dos agentes del FBI, interpretados por Jonathan Groff (Glee) y Holy McCanally (El club de la lucha), que son destinados a instruir a los policías locales de todos los puntos del país en técnicas de investigación y negociación con rehenes, pero lo que de verdad les importa es conocer cómo funciona la mente de un asesino. Tratan de descifrar la pregunta del millón: ¿El asesino nace o se hace? Y más todavía: ¿Cuándo  y  por qué pasa de ser una persona normal a un individuo irrecuperable para la sociedad?

Hablamos de una década en la que abundaban los asesinos en serie en el país de las barras y estrellas. El caso más llamativo fue el de Charles Mason, que junto a su familia mató en 1971 a siete personas, entre ellas la actriz Sharon Tate (esposa del cineasta Roman Polanski), en Beverly Hills y escribieron la palabra ‘cerdo’ con sangre en las paredes. Hemos oído hablar del Hijo de Sam (David Berkovizt), que mató a seis personas en Nueva York entre 1976 y 77 y que cumple 365 años de condena; de Ted Bundy, que se llevó por delante a 30 mujeres entre el 74 y el 78; de John Wayne Gacy, el payaso asesino, que mató a 30 jovencitos, o del Asesino del Zodiaco, del que no se sabe su identidad y que confesó por carta 37 crímenes cometidos en California, aunque solo se pudieron comprobar siete. Menos conocido es Harry Lee Lucas, que se lleva la palma con 350 asesinatos en 20 años. Todo lo que vemos está basado, desgraciadamente, en hechos reales.

kemper

Estos dos agentes se topan con Ed Kemper, magníficamente interpretado por Cameron Britton (foto), el Asesino de las Colegialas, un sujeto que mató a sus abuelos a los 15 años y cuando salió del reformatorio asesinó a seis jóvenes estudiantes en Santa Cruz (California) a las que decapitó o desmembró y luego practicó sexo con los cadáveres. Lo mismo hizo con su madre. Pues este tipo es el que abre los ojos a los policías al contarles en varias sesiones por qué lo hizo, cómo y de qué forma. “No es fácil despedazar gente; es un trabajo arduo”, dice y ahí queda eso. Es el primero en trazar un perfil del criminal en serie: varón blanco, de entre 20 y 40 años, con una infancia difícil… Algo así como el Hannibal Lecter de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). A Kemper no lo pillaron, fue él quien se entregó y la policía no creyó en un principio su relato.

Gracias a las pistas que le facilita logran que confiese un sospechoso de propinar una paliza a una anciana y de matar a otra a golpe limpio. A partir de entonces se toman su trabajo de otra forma y contactan con una psicóloga (Anna Torv, Fringe) que entra a formar parte del equipo, les orienta y les anima a investigar a fondo los casos de asesinatos fuera de lo común que las policías locales no resuelven por falta de medios o conocimiento; o ambas cosas.

El creador de esta serie es Joe Penhall y tiene entre sus directores a David Fincher, que ya abordó en Seven (1995) a los asesinos en serie. La primera entrega sienta las bases de lo que denomina en criminología estudio del comportamiento y de la conducta, se compone de 10 episodios y antes de que se estrenara ya estaba firmada una segunda temporada. Ojo al personaje que sale al principio de los capítulos y del que se revelan pocas pistas más allá de que vive en Park City  (Kansas). Apunta maneras y corre el rumor de que podría tratarse de Monte Risell, otro de los grandes, que violó y mató a cinco mujeres en 1977 cuando solo tenía 19 años.

Aunque sea difícil de creer, la serie evita la violencia; no se ven los crímenes, aunque sí manejan los policías fotos de las víctimas y escenarios de los hechos. Bastante violencia hay con la descripción de los asesinatos que hacen los propios criminales. La narración es pausada, con muchas conversaciones entre los agentes del FBI no solo del trabajo, sino de sus vidas. Mucho más interesantes son las entrevistas a los psicópatas, que cuentan con una naturalidad pasmosa cómo asesinaron a sus víctimas, por qué lo hicieron y cómo se sintieron.

Siempre ha habido y habrá series que hablen de estos criminales secuenciales, como se les denominó en un principio, como Dexter, Hannibal, True Detective o The Killing, por citar algunas. En país como Estados Unidos, donde un estudio de la Universidad de Radford estima que hay 3.204 asesinos en serie, nunca faltará trabajo para equipos como en el que se retrata en Mindhunter.

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