Le falta un hervor

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La plataforma Netflix dio el golpe el año pasado con Stranger Things, una serie protagonizada por niños con toques de misterio, y ha vuelto a apostar por los jóvenes con Por trece razones, que se ha convertido en un fenómeno en las redes sociales en Estados Unidos y Canadá, donde varios colegios han aconsejado a sus alumnos que no la vean. En Nueva Zelanda, incluso, la han clasificado para mayores de 18. Basada en una novela de Jay Asher, la serie refleja la vida en un instituto y el suicidio de una estudiante, Hannah Baker (Katherine Langford), que se siente víctima del acoso de sus compañeros y deja dictadas en trece cintas de casete -nada de nuevas tecnologías- las razones que le llevan a quitarse la vida. Las cintas, de una hora cada una, van pasando de mano en mano hasta que llegan a Clay Jensen (Dylan Minette), un pardillo que poco a poco se va dando cuenta de que cada uno tiene una parte de responsabilidad en la decisión que toma la chica. Así, a bote pronto, el argumento parece interesante y más cuando hace unos días salió a la luz el juego de la ballena azul, una serie de retos que llevaron a la muerte a una niña catalana. Pero la realidad es otra.

A los capítulos les sobra, en primer lugar, metraje, por lo que el ritmo no es tan dinámico como debe. El alumnado responde a los estereotipos más que manidos de los institutos norteamericanos: el capitán de equipo de baloncesto y sus amigos, las animadoras, el baile de fin de curso, las fiestas en casa cuando se van los padres, la decisión de ir a la universidad… sin llegar a ser Salvados por la campana (aquí no hay toque de humor alguno). Pero lo que más sorprende es la actitud de los protagonistas para con la chica: niegan conocerla, como hizo San Pedro con Jesucristo, porque en las cintas se esconde un secreto de una agresión sexual que aparece ni más ni menos que en el octavo episodio (son trece en total), demasiado tarde para interesar al espectador.
Aquí no se profundiza en el acoso ni en la violación como hizo American crime en su segunda temporada y los guionistas se fijan más en detalles que en porqués. Un tema tan delicado como el acoso escolar se merece más valentía en el planteamiento de la narración y la frase “¿quieres que hablemos?” que pronuncian los padres del chaval llega a hartar. Lo mejor de la serie, insisto, es el problema que aborda, pero como al protagonista le falta un hervor. A pesar de todo ha sido un éxito y ya se prepara una segunda temporada.

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