Perla cálida

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Juana Costa y Jorge Perugorría, en una escena del primer episodio.

El colapso de la Unión Soviética en 1991 tuvo un efecto dominó en los países comunistas y en Cuba comenzó el periodo especial, una época en la que las restricciones de consumo eran casi diarias. El diario oficialista Granma advertía a la población “sobre medidas adicionales con motivo a la escasez de combustibles y otras importaciones”. En ese ambiente se desarrolla la acción de Cuatro estaciones en La Habana, una serie dirigida por el navarro Félix Viscarret y protagonizada por Jorge Perugorría. El teniente Mario Conde (no es broma) investiga la violación de una profesora que acaba, drogas de por medio, en asesinato; la muerte de un alto cargo corrupto; la de un homosexual hijo de un diplomático, y la de un retornado de Miami que en el pasado había dirigido la sección de Bienes Expropiados. Los guiones están basados en la obra del mismo título del escritor cubano Leonardo Padura y firmados por su esposa, Lucía Lopez Coll. Se trata de ocho episodios, dos por cada estación del año, en los que se resuelven los cuatro crímenes, en los que intervienen Juana Costa, Carlos Enrique Almirante y Mario Guerra, entre otros actores. La serie se puede seguir en Movistar Series Xtra y Netflix.
La decadencia de La Habana acompaña al policía en una ciudad en la que pululan personajes marginales y que en cierta medida escapan al control del régimen, aunque no se profundiza en el mundillo que rodea estas situaciones y muestra apenas unos detalles. Solo el episodio relacionado con la homosexualidad explora algo –y con una gran delicadeza–en ambiente gay en la capital cubana.

Hay quien denominó nordic noir a las series escandinavas de misterio y por contraposición aquí estamos ante el noir caribeño. Al fin y al cabo tocan los mismos temas (el crimen, en definitiva, en sus múltiples variantes), pero en dos sociedades diametralmente opuestas. Aquí se muestra la vida en Cuba: la sensualidad y la sexualidad a flor de piel, la actitud ante una vida que navega entre la escasez y la falta de libertad, las ganas de fiesta con cualquier excusa, de charlar con los amigos para contar los sueños… Padura utiliza el género policiaco para dar una visión de la sociedad cubana del momento.
Las actuaciones son buenas, también la fotografía; la música no puede faltar en Cuba, aunque el protagonista y sus amigos sean fieles seguidores de los Creedence Clearwater Revival y los ritmos locales queden en un segundo plano. Pero por encima de todo queda el escenario: La Habana, con sus calles cruzadas por cables de la luz, fachadas que hace un siglo no ven una mano de pintura, sus carteles revolucionarios, los carros de los años 50 circulando por el paseo del Prado y el malecón, y por supuesto, sus gentes, siempre en la calle. La iconografía revolucionaria al completo.
En el paraíso socialista de Fidel Castro también había crímenes.

 

 

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