Un papa como mandan los cánones

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Parecía en un principio que el papado del ficticio Pío XIII iba a dejar en mantillas al de Francisco por sus aires de apertura, pero era una trampa. El napolitano Paolo Sorrentino (Oscar y Goya en el 2013 por La gran belleza) dibuja un papa que se niega a conceder audiencias, que sale al balcón de la plaza de San Pedro sin que se le vea el rostro para abroncar a los fieles y que impone la misa de espaldas y en latín; además, fuma, mucho y en cualquier lugar. Jude Law da vida en The Young Pope (HBO) a Lenny Belardo, un italoamericano de 47 años, abandonado en un orfanato y que no se sabe muy bien cómo fue elegido por el cónclave.

La estética visual de Sorrentino y la puesta en escena de la Iglesia a la hora de la liturgia juegan un papel importante en esta serie que deja entrever las maquinaciones del Vaticano, aunque sin profundizar y sin hacer de este asunto el centro de la trama. Es el personaje de Law el eje de todo: sus frases (“Soy una contradicción como el propio Dios, que es uno y trino”), su pasión por la ceremonia, su obsesión por encontrar a sus padres o por el control de lo que le rodea dan una imagen de la complejidad del pontífice.

El papa no está solo. Uno de los gestos tramposos del principio de la serie es nombrar a una mujer su asesora personal, algo inédito en la curia. La hermana María (Dianne Keaton) fue quien crió a Belardo y en quien se apoya en los primeros momentos. El secretario de Estado vaticano, el cardenal Voiello (Silvio Orlando), es el prototipo de cura sibilino y también es un seguidor incondicional del Nápoles. Por último, Javier Cámara es el maestro de ceremonias de la Santa Sede, alcohólico y homosexual, al que el papa encarga que investigue un caso de pederastia.

Muchos cinéfilos sostienen que cada fotograma de las películas de Lucchino Visconti era un cuadro, una obra de arte. El director de fotografía de esta serie, Luca Bigazzi, no se queda atrás. La escena de presentación de títulos es impactante y los planos rodados del cónclave de cardenales en la Capilla Sixtina son de impresión.

Sorrentino consigue a lo largo de diez capítulos que Pío XIII fascine, bien para tenerlo como referencia espiritual (es un hombre íntegro) o para todo lo contrario. El propio director, que deja la puerta abierta a una segunda temporada, confesaba que su idea era “indagar en las contradicciones y dificultades en un mundo tan fascinante como el del clero”. Creo que ha conseguido su objetivo, aunque haya pasado de puntillas sobre los temas escabrosos que señalan hacia la Iglesia.

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